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Todos los papás queremos que nuestros hijos sean felices y seguros de sí mismos, que gocen de una buena autoestima y vean realizados sus sueños. Lamentablemente esto no ocurre por mero decreto.

 

 

Hay que tener consciencia de los mensajes directos e indirectos que transmitimos a los niños para que ellos puedan construir una buena autoestima

 

Es importante estar atentos a las señales de alerta que nos indican que esto no está ocurriendo como desearíamos.

 

 

Mi hijo se llama a sí mismo estúpido. Repite enojado o llorando que él no puede porque es tonto”— declara una mamá preocupada por un niño que se autoevalúa de manera muy negativa y severa sin motivo aparente.

 

 

“Mi niña dice que ella es una mala hija y mala persona”.

 

 

Mi niño se exige tanto a sí mismo que se paraliza porque le da miedo fallar”.

 

 

Mi hija se golpea a sí misma enfurecida”.

 

 

Además del autoconcepto evidentemente negativo de estos niños, hay una actitud de autocastigo derivada de sentimientos de culpa e inadecuación

 

 

¿De dónde viene todo esto? 

¿POR QUÉ MI HIJO/A TIENE BAJA AUTOESTIMA?

Ten presente que los niños se hablan a sí mismos del mismo modo en que los adultos nos dirigimos a ellos.

 

Esto no necesariamente sucede de manera obvia y transparente; es decir, la mamá quizá nunca le ha dicho literalmente a su hijo “tú no sirves para nada” o “eres un niño malo”.

 

Los mensajes no siempre son tan directos. Basta con ser extremadamente exigentes y corregir cada pequeña cosa que haga nuestro hijo para hacerlo sentir inadecuado y torpe, afectando su autoestima negativamente. 

 

Esto aplica en todas las áreas de la vida del niño, desde la forma en que se conduce en la mesa a la hora de comer hasta lo que tiene que ver con el tema escolar.

 

“Cierra la boca para masticar”, “no seas cochino”, “¡fíjate!”, “¡pídeme perdón!”, “¿cuántas veces te he dicho cómo se agarra el lápiz?”, “no puedo creer que a los seis años no sepas esto”, “¡qué fea letra!”, “¿qué va a decir la maestra?”, “¡es que no entiendes nada!”, “desaparécete de mi vista”, “¡qué vergüenza!”.

Inevitablemente un bombardeo diario de ese tipo de recriminaciones va mermando la autoestima del niño, cuya imagen de sí mismo es resultado de lo que nosotros como mamás y papás pensamos de ellos.

La mirada del adulto es el espejo en el que el niño se mira a sí mismo y del cual obtiene su autoconcepto.

 

Hay que tener cuidado y pensar detenidamente cómo vamos a educar a nuestros hijos, en un contexto donde haya reglas y límites indispensables, pero sin recurrir a la recriminación permanente.

 

No olvidemos que los niños son “nuevos” en este mundo y es natural que cometan errores que a nuestros ojos parecen torpezas (como  derramar la leche) pero en realidad forman parte de su desarrollo y aprendizaje.

 

 

Los niños no son adultos pequeños

 

Además de inexpertos, son traviesos e incluso retadores, pero la solución nunca es hacerlos sentir culpables, malos hijos ni malos estudiantes

 

LIBERTAD Y LIMITES PARA NUESTROS HIJOS

Hay que encontrar un equilibrio entre la permisividad exagerada y una franca arremetida castrante contra su personalidad.

 

El proyecto de guiar adecuadamente el comportamiento de nuestros hijos no es cosa sencilla.

 

Los niños no siempre se expresan de forma verbal y directa, ya que muchas veces ni siquiera ellos mismos saben lo que les sucede.

 

Ellos suelen manifestar lo que traen en su interior con actitudes y un cierto lenguaje corporal, y cuando el conflicto les rebasa surge el descontrol emocional en forma de llanto, gritos o agresiones.

 

La reacción automática del adulto ante un escenario así es el regaño o el castigo (sin mencionar el tema de los golpes y sus efectos devastadores).

 

Pero hay que aprender a escuchar a los niños, saber “leer” su lenguaje no verbal.

 

 

Debemos instaurar límites sin transmitirles el mensaje de que algo está mal. Nuestro trabajo como mamás y papás es ayudarles cuando tienen dificultades.

 

Es importante que sepamos identificar cuándo su comportamiento es un grito de ayuda y realmente estar ahí para ellos de la manera en que lo requieren, y no desde nuestras propias carencias y heridas abiertas.

El temor más grande de un niño es perder el amor y la protección de sus padres, según Freud.

La desaprobación constante, así como las fuertes reprimendas (aunque sean verbales) hacen sentir a los niños que efectivamente el afecto parental es algo que puede desaparecer.

Es necesario evitar a toda costa transmitirle a los hijos la idea de que el cariño está condicionado por el comportamiento.

 

 

Hay que asegurarles que, aunque a veces mamá y papá nos enojemos, el amor permanece intacto. 

 

Explicarles que los límites y la frustración son necesarios para crecer y que no implican en modo alguno la disminución del cariño.

 

 

Un niño que se siente culpable, torpe, insuficiente o mala persona está de alguna manera recibiendo una educación que lo pone en ese lugar.

 

 

Y ese pequeño se convertirá en un adolescente con una baja autoestima, que puede incluso llegar a castigarse a sí mismo por medio de las autolesiones.

 

¿CÓMO HA AFECTADO LA PANDEMIA LA AUTOESTIMA DE NUESTROS HIJOS?

Los niños la han tenido muy difícil en esta pandemia.

 

Su mundo entero cambió y su nueva realidad es un encierro abrumador y estresante.

 

 

Se les exige un aprovechamiento académico igual que el de antes y una actitud que no refleje los estragos que la actual crisis mundial les está ocasionando.

 

 

Se espera de los niños algo que la mayoría de los adultos somos incapaces de lograr, pues ¿Quién no se siente agobiado ante esta realidad? ¿Quién no experimenta algún grado de ansiedad por el encierro? ¿Quién no está fastidiado de las pantallas y de las videoconferencias?

 

 

Pedimos que los niños se adapten a una situación a la cual muy poca gente está verdaderamente adaptada, pues se trata de una realidad que nadie estaba preparado para afrontar.

Nuestro trabajo más importante como padres es cultivar el amor propio de los hijos y esto es algo que se hace todos los días por medio del cariño y aprobación que les brindamos.

 

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Autor: Aída de Verdi

Aída es mamá, filosofa y psicóloga, psicoterapeuta infantil y de adolescentes, con maestría en filosofía analítica y del lenguaje. Escritora y asesora de crianza. 

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Posted on Categories Bebes y niños, Salud

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