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No juzguemos, ni a nosotros. Es increíble como la inexperiencia nos hace creernos eruditos y sentirnos superdotados.

 

A todos los que hemos decidido darle un giro a nuestra vida para convertirnos en padres nos pasó. Mucho antes de embarcarnos en esta aventura, que muchas veces nos pone de cabeza, creíamos tener todas las respuestas, asegurábamos tener el camino perfectamente bien trazado, juramos que nuestra filosofía de vida, de crianza y de educación era perfecta, indiscutible e inamovible.

 

Y solo basto un par de noches solos en casa con el recién nacido para darnos cuenta que no podíamos estar más equivocados. 

 

 

No importa cuánto nos quejamos de las burlas que nos hacían los padres experimentados, no importa que tan vehementemente hayamos defendido nuestro discurso, la segunda noche en casa, es cuando nos damos cuenta que el pez por su boca muere.

 

Teníamos tantas frases, tantos datos, tantos estudios, juramos que nunca haríamos algo que ya hicimos y poco a poco fuimos entendiendo a esos padres que nos veían hasta con ternura y se reían de nuestra rigidez de pensamiento.

 

Y tal vez, al mismo tiempo, conforme hemos caminado, podemos ver que tan duras son las críticas de quienes no tienen hijos, de cuanto pueden lastimar esos comentarios que juzgan con disfraz de recomendación y de que tanto pueden dañar a una pareja que está entendiendo como ser papás y que de pronto son atacados por personas que no tienen ni la menor idea de lo que es levantarte de la cama por sexta vez cuando llevas ya casi 2 años sin dormir más de 2 horas seguidas. 

 

 

O de lo desgastante que es pelear con un pequeño no quiere comer sentado, que hoy odia las zanahorias que ayer amaba y que con cada bocado se arquea y jura que morirá del dolor de uñas.

 

Yo era así. 

 

Yo tenía todas las respuestas, toda la teoría bien planchada y catalogada y cuando llegó mi hija quito a patadas, risas y lágrimas todos los archiveros donde guardaba mi conocimiento previo.

 

Para cuando llegaron los gemelos, todo lo que creí que había aprendido con la primera se fue al caño de nuevo. Vuelvo a ser la madre primeriza que no sabe a ciencia cierta cómo controlar un llanto en la madrugada porque el cansancio ya no la deja ver más allá de sus narices.

 

Aprendo día a día que, las reglas no aplican a la maternidad, que cada niño es diferente, que cada madre es diferente, que cada día es un nuevo reto lleno de sinsabores e inmensas alegrías.

 

En un momento lloras de agotamiento y frustración y entonces unos bracitos pequeños y remullidos te rodean el cuello en lo que claramente es un intento de estrangulamiento, pero que en realidad es el más tierno y sincero abrazo que jamás recibirás; y entonces como una bocanada de aire fresco, se te llena el corazón de alegría, los músculos recuperan su fuerza y el cerebro la cordura, poco a poco tu cuerpo se siente revitalizado y estas lista para la siguiente jornada.

 

Al llegar la noche, en esos 15 minutos de paz en los que ya tus hijos duermen, los observas y son la cosa más bella, maravillosa y perfecta que hay en el planeta entero y en silencio les pides perdón por haber pedido la paciencia, por ese grito que tal vez hubieras podido contener o por el regaño que tal vez no era tan necesario.

 

Pero ¿Sabes qué? A todos nos pasa. Somos juzgados por el mundo y por nosotros mismos y claramente no hay juez más duro que uno mismo.

 

Sea lo que sea que hayas hecho hoy, algo que juraste no hacer, que quisieras no haber hecho o que hiciste y te hizo sentir mal, te voy decir algo: lo estás haciendo bien.

 

Si te estas deteniendo a pensar si los estás haciendo bien es que vas por buen camino, porque cambiar de opinión siempre es de sabios, porque cuestionarse es tener conciencia del camino que se está cursando y porque amar siempre trae la necesidad de ser mejores cada día.

 

Caminemos juntos este extraño y bizarro mundo de la paternidad donde nada es como creías que era, todo funciona al revés y por extraño que parezca el corazón no explota de tanto amor que se guarda en él.

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Amo a mi familia y busco equilibro entre la maternidad y la vida laboral.

Licenciada en Relaciones Públicas por la UVM Lomas Verdes.

Madre de una niña de 6 y mellizos de 1 año.

Apasionada, leal, comprometida y divertida.

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