Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en email
Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
Compartir en email

He observado a muchas familias en esta pandemia perder la razón al ver la cantidad de horas que deben pasar sus hijos viendo una pantalla y a su maestro dictando, haciendo tareas sin control todo el día, repetir y frustrarse. 

 

Escuelas que con tal de mantener su matrícula hacen lo imposible por seguir demostrando que sus hijos siguen aprendiendo bajo un sistema que no solamente es arcaico, si no que no está diseñado para ser impartido de manera virtual, replicando aulas en hogares.

 

A los seres humanos nos gusta lo seguro, lo probado, lo certificado, nos encantan los documentos, papeles y títulos. Estamos acostumbrados a actuar sin pensar demasiado, y pocas veces nos detenemos a evaluar con conciencia las decisiones y pasos que vamos a tomar.

 

Puedo decir que yo solía vivir también así, sacar 10, 9, mínimo 8, aprender, repetir, estudiar una carrera que estuviera de moda para garantizar un buen empleo, trabajar, crecer, trabajar más y ganar dinero, comprar, sobrevivir, cuidar mi alimentación, cuidar mi cuerpo, trabajar más y seguramente jubilarme, viajar y morir.

Y de repente sucedió algo que cambió mi vida para siempre: me convertí en mamá.

 

Mucha gente podría decir que eso también está muy bien señalizado en el camino general de vida: naces, creces, te reproduces y mueres…

 

Pero en mi caso, el golpe frontal en mi cuerpo, emociones y prioridades cuando me convertí en mamá me hizo tener una nueva perspectiva tirada en la lona.

 

Me di cuenta que los niños no son iguales, si no que tienen diferentes personalidades, necesidades, procesos, preferencias y madurez, lo cual me hizo comprometerme a buscar lo mejor para mi hijo, y entender por qué si hay tantos avances en todos los ámbitos, los niños siguen llegando a las escuelas a sentarse en las bancas a repetir algo que deben memorizar, como lo hice yo y lo hicieron mis papás y en una de esas mis abuelitos.

 

Sabía que existía Montessori, y en términos muy generales, había escuchado que había muchas “falsas” Montessori y me imaginé que debería existir algo diferente, comencé a buscar con más ahínco, más esperanzada y mi búsqueda rindió frutos, encontré mucha información de pedagogías alternativas en el mundo y mejor aún, en México.

 

Me enteré de la Pedagogía Waldorf, de la cual estoy profundamente enamorada por la forma en la que abraza la niñez y le da la oportunidad a las familias enteras de darse un apapacho en el alma.

 

 

Comencé a hacer citas en diversas escuelas con pedagogías alternativas por la zona, y por curiosidad fui a otras tantas escuelas tradicionales.

 

Debo confesar que salía de cada cita con más dudas y también miedos.

 

La mayoría de las escuelas apalancan sus argumentos de venta en ese discurso de eficiencia, máximo rendimiento, trabajo bajo presión, emprendimiento, varios idiomas, excelencia, reconocimientos, papeles, certificados (esos que nos encantan) y muchos exámenes.

 

Y cuando yo hacía preguntas sobre acompañamiento emocional, desarrollo de habilidades únicas, espacios de esparcimiento al aire libre o actividades en familia, la mayoría se me quedaba viendo con ojos de plato como si les hablara en lenguas muertas.

Finalmente, llegamos a la escuela indicada, de donde surgió un mayor compromiso de mi parte por entender y acompañar el desarrollo de mi hijo desde el amor y el respeto. Una escuela donde podía ofrecerle una infancia acompañada con magia y cuentos, el contacto con la naturaleza, árboles y huerto.

Todos los niños bajo acompañamiento, van a saber y aprender todo lo que “deben” saber a nivel académico, pero sus alas, sus mentes y sus corazones son tesoros que deberíamos aprender a defenderlos más en serio.

Busca una escuela con alma, una escuela que respire.

 

Búscate una escuela que te haga click, sea la pedagogía que sea, pero que no te de a elegir entre su éxito y su felicidad, que haga sentido con tus valores, con tu familia, búscate un espacio libre, amoroso, donde los maestros tengan vocación y compromiso, pues de ellos se van a nutrir tus hijos.

 

Matemáticas enseña cualquiera, y si no me creen, vean a todas las mamás que en esta pandemia han salido airosas de ese trabajo.

 

Pero la magia de contar estrellas y encontrar matemáticas en cada paso de tu día, solo un apasionado lo logra.


Vamos tomándonos más en serio esto, se lo debemos al mundo y se lo debemos a nuestros hijos.

¿Te gustó este artículo?
Compártelo en tus redes

Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
Compartir en email

CUÉNTANOS ¿QUÉ OPINAS?

Mamá y esposa. Amante de la pedagogía Waldorf, tanto que pilotee con un super equipo una escuelita durante un par de años. Lo que mejor me sale en la vida es sonreir y ser muy intensa en todo lo que hago.

Licenciada en Mercadotecnia del TEC, trabajó más de 10 años en empresas Transnacionales como Coca-Cola, Unilever, Cadbury y Grupo Peñafiel. 

Emprendedora, fundadora de Deusa Da Lùa, Bendito Postparto, y Coccolino Bakery.

BUSCA EN MOMADVISOR

Categorías populares.

¿Tienes un servicio o negocio enfocado en mamás, bebés y/o niños?

¿Necesitas ayuda? 

 [email protected]

REGÍSTRATE EN EL NEWSLETTER Y ÚNETE A NUESTRA COMUNIDAD