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Ser mamá nunca ha sido fácil, eso nadie lo niega, pero ni nuestras madres entenderán nunca lo que es ser mamá en cuarentena.

 

Más menos 7 meses de encierro en esta contingencia nos han enseñado cosas buenas y malas. 

 

Hemos descubierto que los días tienen más de 24 horas, es más, me atrevería a decir que en realidad ha habido un solo día desde que empezó todo esto, porque los horarios que antes eran precisos y contundentes, ahora se funden unos a otros y nos dejan en un hoyo negro donde el tiempo es, ya, relativo.

 

Buscamos, sin éxito, un refugio temporal ya sea en el baño o la cocina, solo para tener 5 minutos para no escuchar nada más que el sonido sordo de nuestra respiración y poder encontrar centro nuevamente.

 

Hemos sumado profesiones y oficios a nuestros currículos; si bien, antes ya éramos mamás, esposas, administradoras, enfermeras, cocineras, camareras, abogadas, prefectas y muchas además, profesionistas, en la cuarentena le sumamos a la lista la labor de: maestras de inglés y de español, conciliadoras, adivinas, carpinteras, plomeras, pintoras, cuentacuentos, organizadoras de eventos infantiles, expertas en experimentos científicos, masters en tecnologías de la comunicación,
mediadoras, psicólogas, terapeutas, diseñadoras de interiores, directivas de nuestros propios campos o parques de juegos, videntes, ropavejeras, monitores nocturnos y algunas hasta en veterinarias.

 

Y es que sabemos que este encierro no solo nos afecta a nosotros, sino a nuestros hijos, quienes sin entender completamente bien el porqué, de un día para otro perdieron escuela, amigos, maestras, actividades extra escolares, visitas familiares y salidas de fines de semana.

 

 

Al principio este cambio provocaba mal humor en ellos e incertidumbre y poco a poco fuimos buscando la manera de llenar esos huecos que el COVID les ha provocado, así empezamos a indagar en diferentes actividades caseras, leímos blogs, vimos tutoriales, intercambiamos tips.

 

 

Algunas seguimos sin saber hacer slime, otras son expertas, hemos jugado con colores, formas, texturas, hemos creado miles de obras de arte que al final de la semana terminan en la basura; hemos descubierto un sinfín de cuentos y hemos explorado el mundo de las leyendas, los mitos y las historias infantiles.

 

 

Aprendimos a usar la tecnología para que los peques tomen clase y muchas, descubrimos que el mundo docente también fue arrasado por este tsunami virulento, dejando a la deriva el sistema educativo y hemos tenido que entrar en acción para enseñar los temas que no enseñan los maestros… pero que si dejan de tarea; para corregir los errores de forma y fondo que reciben nuestros pequeños al escuchar que un tema fue mal explicado, mal planteado o mal pronunciado.

 

 

Al tiempo que dominamos nuestros demonios internos que nos incitan a pegar de gritos y dar manotazos porque la lección no se entiende, la tarea da sueño, su atención es dispersa, las tareas son excesivas, los materiales no se encuentran tan fácilmente (no todos tenemos papelerías o centros de reciclaje en nuestras casas).

"Hemos sumado profesiones y oficios a nuestros currículums."

Tuvimos que tomar cursos intuitivos de optimización de tiempos porque los horarios de clase se enciman con nuestros trabajos o el de nuestras parejas o de ambos o con clases de los otros peques y hay que partirse en dos o en tres y al terminar el horario escolar ya debemos estar organizando la comida, la compra, la puesta de mesa, sin descuidar el trabajo.

 

Por la tarde es hora de hacer tarea, terminar pendientes, organizar la casa, lavar ropa, trastes, jugar un poco, planear la cena, la hora del baño, la rutina de la cama, el cuento y de pronto ya es de noche pero hay pesadillas, caídas de la cama y visitas en nuestra cama.

 

Adecuamos nuestros hogares para poderles dar un poco de espacio, donde puedan hacer ejercicio, jugar y sentirse menos presos que nosotros, aun cuando esto significara renunciar a nuestros propios espacios, aun así, movimos muebles, acomodamos cosas y muchas veces incluso construimos (con plásticos, cartones, cajas, botes y demás) castillos, coches, laberintos y naves espaciales.

Foto Julia M Cameron

Transformamos nuestras salas o patios en campamentos, en campos de atletismo, en salas de cine y parque de diversiones.

 

Ya hicimos masita, pasta de sal, portarretratos, figuras de papel mache, pintamos cerámica, madera, cartón, papel, tela, recortamos revistas, hojas de colores, hojas blancas, hojas recicladas, cocinamos pasteles, galletas, cupcakes, helados, mermelada, pays, hojaldres, hotcakes de colores y de figuras.

 

A muchas nos a tocado organizar fiestas infantiles en casa, buscando por todos los medios compensar la soledad con adornos, sorpresas, reuniones virtuales y mañanitas a trio o cuarteto (dependiendo de cuantos vivan en casa).

Pero no solo se trata de los críos, porque además estamos al pendiente de las parejas, de darle ánimos, vemos la situación complicada y ponemos buena cara, empezamos a ver la manera de sacar más ingresos. Cuidamos hasta el último peso que entra en casa para darle buen uso, nos angustia las salidas al trabajo, al súper, al mercado, vamos, a la puerta a recibir lo que sea.


En cuanto recibimos a la persona que salió de casa a trabajar o a traernos víveres, incluso si esa persona somos nosotras, desinfectamos zapatos, quitamos ropa, entramos o mandamos a la regadera.


Al momento de recibir cualquier objeto que provenga del exterior, corremos a lavarlo, a rociarlo con desinfectante, nos lavamos las manos compulsivamente, tiramos todo empaque del que podemos prescindir y revisamos todo antes de meterlo a la alacena, refrigerador o closet.

 

 

No queremos extraños en casa, preferimos ver miles de tutoriales y organizar video llamadas para poder arreglar la lavadora, destapar el fregadero, cambiar el contacto o incluís hacer una repisa o arreglar un closet.

Foto Engyn Akiurt

"Somos la generación de mamás del coronavirus."

Y poco a poco comenzamos a crear una nueva rutina, lejos del exterior, refugiados en el único lugar que parece medianamente seguro para nosotros y para nuestros hijos, nuestro hogar. 

 

Pero esta nueva forma de vida ha modificado también las necesidades de nuestros hijos. Ahora nos tienen las 24 horas los 7 días a la semana para ellos, no nos comparten con nadie y esto ha provocado un apego mucho más fuerte que antes. 

 

Perderte de vista parece el fin del mundo y comienzan a llamarte con angustia. Te exigen atención y tiempo, porque quieren jugar contigo, porque la horas en clase, haciendo tarea o en los talleres que les hemos creado, no son suficiente, ellos no lo consideran tiempo libre y su tiempo libre lo quieren pasar contigo. Las noches se han modificado, los horarios de dormir se han desfasado, las levantadas en la madrugada se hacen una constante.

Claro que la pareja entra al quite, o al menos así debería de ser en todo hogar de todo el mundo, sin escusas ni pretextos, pero aun así, y no por ser sexista, feminista o radical, mamá es mamá. 

 

Y por mucho que quiera, papá no siempre puede con las demandas infantiles de los niños, que con frecuencia carecen de lógica adulta. Papá no pone la pijama como mamá o papá no sabe contar el cuento o no sabe jugar memoria como mamá o simplemente papá no es la compañía que se requiere en ese momento y entonces debemos de ir como caballería a reforzar los esfuerzos que hace papá para contener un berrinche o aliviar un golpe.

 

En conclusión, la cuarentena y el aislamiento nos han dado un aumento de responsabilidades y de tareas que nunca, ninguna madre de otra época pudo llegar a experimentar. 

 

Ahora somos la generación del coronavirus, la que sabemos hacer de todo y con todo, la que igual lava, plancha, martilla, pinta, maquilla, tiñe cabello o crea historias fantásticas con títeres o da una clase de gimnasia o baile en 3 metros cuadrados, la que está sobreviviendo una de las epidemias más atroces que como humanidad hemos experimentado. 

 

Mamá, respira, un día a la vez.

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Amo a mi familia y busco equilibro entre la maternidad y la vida laboral.

Licenciada en Relaciones Públicas por la UVM Lomas Verdes.

Madre de una niña de 6 y mellizos de 1 año.

Apasionada, leal, comprometida y divertida.

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